Encuadre propio: Romina Tamburello

Encuadre propio: directoras en primera persona

Romina Tamburello es actriz, escritora, guionista y directora de cine y teatro. Su cortometraje, Rabia, participó en el Short Film Corner del Festival de Cannes 2018 y en más de 30 festivales internacionales. Dirigió las series Catalina, la mujer de la bandera, y Maternidark. Su primer largometraje, Vera y el placer de los otros, codirigido con Federico Actis, ganó el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cine de Mar del Plata 2023, el Premio de la Crítica en el D’A Festival de Cine de Barcelona y el Premio DAC Género como Mejor Directora 2024 en Mafici.


Yo estoy adaptando mis dos novelas, Los amigos de mis papás y La viuda del diablo, así que me gusta pensar que hablo desde el entusiasmo pero también desde el síndrome de Estocolmo. Adaptar una novela propia tiene algo de mudanza: una descubre que había acumulado demasiadas cosas. En literatura una puede pasar tres páginas dentro de una obsesión; en cine hay que lograr que eso ocurra con una mirada, un silencio o una heladera llena de yogures vencidos. No creo que sea una moda. Creo que son lenguajes que se contagian mutuamente desde hace mucho tiempo. La literatura le presta al cine complejidad, mundo interior y tiempo; el cine le devuelve cuerpo, presencia y una capacidad brutal de síntesis. El desafío más difícil no es ser fiel al libro, sino ser fiel a la emoción que hizo que ese libro existiera. A veces, para conservar el corazón de una historia, hay que traicionarla un poco.

Durante muchísimo tiempo el sexo en el cine estuvo organizado alrededor de una mirada masculina: quién mira, quién es mirado, qué cuerpos merecen ser deseados y qué experiencias son consideradas interesantes. Una mirada feminista no viene a censurar el erotismo sino a ampliarlo. Aparecen otros cuerpos, otras edades, otras contradicciones, otras formas del placer, del ridículo, de la torpeza y también del poder. Lo que aporta es complejidad: personajes que desean sin ser premios, fantasías que no están puestas únicamente al servicio de la mirada ajena y una sexualidad que puede ser divertida, incómoda, triste, política o todo eso al mismo tiempo. A mí me interesa especialmente cuando el sexo deja de funcionar como decoración o recompensa narrativa y pasa a ser una herramienta para entender quiénes son realmente los personajes.

Me gusta más pensarme como una directora santafesina que como una directora “del interior”. Porque Santa Fe no es un margen del cine argentino: es un territorio con una tradición cultural enorme, con universidades, escuelas, festivales, productoras y una comunidad audiovisual muy viva. Muchas veces nos preguntan por qué no nos vamos a vivir a Buenos Aires, como si el desarrollo profesional tuviera una única dirección posible. Y claro que allá está concentrada gran parte de la industria, pero también hay algo muy valioso en trabajar desde acá. Como no existe una maquinaria industrial tan aceitada, los proyectos suelen construirse de manera más colectiva, más artesanal y más afectiva. Nos conocemos, nos acompañamos y muchas veces hacemos varias películas con las mismas personas durante años. Obviamente queremos que haya más producción, más financiamiento y más oportunidades en las provincias, pero sin perder esa identidad. A veces siento que para Rosario la cercanía con Buenos Aires es una ventaja y un problema a la vez: estamos lo suficientemente cerca como para que parezca que deberíamos mudarnos, pero lo suficientemente lejos como para haber desarrollado una mirada propia. Y esa mirada, justamente, es una de las cosas más valiosas que tenemos para aportar al cine argentino.

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