Encuadre propio: Belén Revollo
Encuadre propio: directoras en primera persona
Soy Belén Revollo, jujeña, realizadora de Wacay Mujeres del Tabacal.
El cine que desarrollo busca indagar en la cotidianeidad de lo cercano y en sus formas particulares, ocultas.
Filmar en tiempos de crisis.
Solo pensar en la palabra crisis nos ubica en un tiempo espacio problemático. La profundidad de una crisis económica (sabiendo las dificultades sociales que conlleva) puede ser sorteada en mayor o menor medida cuando la solidaridad se manifiesta. Podría decir que filmar en pandemia, significó filmar en un momento crítico, pero éste estaba atravesado por un aire común de esperanza y solidaridad. En el presente, la profundización de la crisis económica está alentada además desde algunos sectores por un pensamiento individualista que no sólo complejiza plantear una filmación, sino que nos obliga a repensar las narrativas, a ser más ingeniosxs en el cómo, por supuesto más austeros; aumentan las dificultades y nos obligamos a actualizar la lectura sobre una mirada social. Hay una creciente tensión entre la necesidad y el deseo de continuar con nuestra profesión.
Esto se complejiza al producir lejos de las capitales. El desafío logístico que implica la distancia nos obliga a inventar nuestras propias formas, y allí encontramos riqueza y diversidad. Los equipos se arman más por afinidad que por currículum y las locaciones son territorio vivo. Las decisiones están atravesadas por los vínculos más que por un sistema industrial, sin descuidar su calidad.
Desde la narrativa, nos obliga a disputar legitimidad; qué se filma, qué historias contamos y cómo las contamos para no ser leídas como relato “periférico” sino como una mirada con densidad propia. Producir desde las provincias es sentar también una posición política, no es hacer cine a pesar de, sino desde un lugar que no pide permiso para existir. Las redes no son sólo colaboración, son una forma de sostén frente a la discontinuidad. En regiones donde todo parece intermitente —financiamiento, espacios, políticas—, la red es una estructura invisible que permite que los proyectos no se caigan del todo. Compartir equipos, saberes, contactos, pero también dudas. Lo más valioso no es la circulación de recursos, sino la construcción de confianza: saber que hay otros pensando, produciendo y resistiendo en paralelo. No es una alternativa menor al centro, es otra lógica de producción.
Por supuesto, siempre que surge una ventana, hay que aprovecharla. En este sentido, hay algo que sucede con las plataformas; y es que prometen alcance, pero también moldean el deseo, determinan lo que se ve y cuánto dura dejando poco lugar para la sorpresa. El cine independiente que no entra en ciertos cánones queda atrapado entre la visibilidad y la adaptación. Creo que no debemos rechazar esos espacios, sino más bien intervenirlos, buscar la forma de infiltrar relatos que no obedecen al algoritmo, que no se resuelven en un giro predecible ni en una emoción programada. Pero entrar en el circuito plataforma es un desafío no sólo porque depende del acceso a determinados núcleos de contactos (a nivel producción), sino que la programación tiende a no contemplar lo distinto, acostumbrándonos a un ritmo de visualización acelerado, sin dar espacio a que las películas conserven su respiración aun cuando todo a su alrededor pida apresurarla.
La mirada local no es un color o un paisaje, es una relación con el tiempo, con la memoria, con el conflicto. Cuando esa relación se respeta, la película deja de ser representación y se vuelve un espacio de encuentro, incluso de disputa. Y ahí es donde algo empieza a ser verdaderamente visible.