Encuadre propio: Ana García Blaya
Encuadre propio: directoras en primera persona
Ana García Blaya es guionista y directora.
Su ópera prima, Las buenas intenciones, obtuvo reconocimiento internacional en festivales como San Sebastián y Toronto, además de múltiples premios Sur y Cóndor de Plata. Con su segundo largometraje, La Uruguaya, dirigió un proyecto que fue pionero de producción asociativa, producido por la Comunidad Orsai. Su último largometraje, La muerte es algo que les sucede a los demás tendrá su estreno internacional en BAFICI.
Participa del colectivo BARDA Cartelera Transfeminista.
Filmar con lo que hay
“Si hay algo que aprendí desde piba es a arreglarme con lo que hay. No creo que haga falta introducir la cuestión acerca de las oportunidades que le da el cine a las mujeres en la práctica. Casi que no existen, pero que las hay, las hay. Y las directoras, sobre todo las nuevitas, filmamos con (y aprovechamos) lo justo.
En Las Buenas Intenciones, contamos con un premio Ópera Prima del INCAA que apenas alcanzaba para el rodaje. No teníamos fondos extranjeros ni privados —mi filmografía era (y sigue siendo) corta—, y la postproducción quedó como un problema para después. Pero esa limitación terminó definiendo una parte importante de la película. Ante la dificultad presupuestaria de reconstruir una época, el archivo -que al principio era solo una referencia- terminó siendo parte central de la narrativa. Lo que parecía un parche se convirtió en una elección estética que, de haber tenido más recursos, quizá no hubiéramos explorado. Es decir, fue un impedimento presupuestario el que nos llevó a encontrar salidas creativas e incluso más interesantes, y eso sucedió porque se tuvo la cintura adecuada. Queda demostrado en el cine también, que el dinero es necesario, da trabajo y oportunidades, pero no puede comprarlo todo.”
Plataformas: trabajar para otros
“Tengo una muy breve experiencia con plataformas y la experiencia es clara desde el principio: salvo que seas (completar aquí con el nombre que les parezca) dirigís un producto ajeno. Podés aportar ideas, sí, pero la historia no es tuya, y las decisiones claves rara vez pasan por vos. No lo critico: es un trabajo, como la publicidad, y siempre hay margen para meter algo personal si te dejan ‘de arriba’.
Lo que sí noté es que ninguna plataforma me preguntó: ‘¿Qué historia te parece que falta contar?’ o ‘¿A qué voces podríamos darle espacio?’. Esas preguntas, cuando existieron, vinieron del INCAA. No es bueno ni malo, es así: las plataformas buscan contenido, no preguntas incómodas.”
El archivo como cómplice
“El archivo no es la verdad; es un material que, según cómo lo uses, puede ser también parte de una ficción. En Las Buenas Intenciones, el archivo personal tomó un peso inesperado. En La Uruguaya inventé un archivo que no existía, pero que la película necesitaba. También usé videos reales de YouTube que, sacados de su contexto, se volvieron ficción. Y en La muerte es algo que les sucede a los demás, el archivo familiar —seleccionado, montado— terminó siendo mi versión de los hechos, una mirada que quizá ni mi familia comparte.
No es mentir; es construir. El archivo es como una anécdota: podés contarla al pie de la letra o podés ser el Gran Pez, exagerando lo que para vos fue clave. La honestidad no está en los hechos, sino en asumir que estás contando tu versión.”
Equipos y género: una elección intuitiva
“Para mi primer largometraje, armé el equipo con quienes se entusiasmaron. Fueron, en su mayoría, mujeres —jefas de cada área— las primeras en tirar ideas y apropiarse del proyecto. No fue una decisión feminista; fue instinto. Mientras tanto, por pedido de mis productorxs, me entrevisté con “los mejores” del mercado (varones, claro). Ese casting forzado solo me generó dudas. No sobre aquellos con quienes me entrevisté, sino sobre mí. ¿Qué estaba buscando? Si yo sabía el mundo que quería contar. Solo tenía que encontrar un equipo que supiera interpretar eso. ¿Quería yo rodearme de “lxs mejores en cada área”? Bueno, lxs mejores resultaron aquellos con lxs que me quedé: quienes creyeron en la película y confiaron en lo que colectivamente podíamos lograr. Y bueno. A riesgo de sonar radical: mejor mujer. Casi siempre.
En los proyectos siguientes, sí busqué deliberadamente mujeres para el equipo. No por cuota, sino porque ya había visto que, cuando las tenés en tu equipo, no solo cumplen: transforman el trabajo. Esto no quiere decir que no haya trabajado con hombres talentosos y comprometidos —los hubo, y los valoro mucho—, pero fueron pocos los que se animaron a apostar por una directora sin trayectoria. Los cuento con los dedos de una mano.”